Ese primer encuentro abrió una relación que iría mucho más allá del fútbol. El 24 de septiembre de ese año, Andoni Goikoetxea le fracturó el tobillo a Maradona. Signorini cuenta que, después de la lesión, Diego sintió que necesitaba una atención más personal y le ofreció ser su preparador físico. Años más tarde, el Profe se cruzó con Goikoetxea en Madrid, le estrechó la mano y, según relata, “le agradecí lo que había hecho por mí”.
Signorini se propuso convencer a Diego de que México 86 podía ser su Mundial. Para motivarlo, lo picaba con comparaciones con Michel Platini, una de las grandes estrellas del fútbol internacional de aquel momento. Antes del torneo, también lo desafió a declarar públicamente que confiaba en sí mismo. Maradona se enfureció. Al día siguiente habló con la prensa y, poco después, Signorini encontró un título que lo dejó satisfecho: “Maradona abre el fuego: seré yo la figura del Mundial”.
Del partido contra Inglaterra conserva dos imágenes imborrables y una interpretación propia de los goles más célebres de la historia de los Mundiales. Signorini estaba detrás del arco de Peter Shilton cuando Diego marcó el primero. No tiene dudas: “Fue con la mano y fue trampa”. “Lo condeno”, añade. No lo puede aceptar, “haya sido contra quien haya sido”.
Del segundo gol, convertido en el mejor de todos los Mundiales, ofrece una lectura inesperada: “Fue un error conceptual que terminó bien”. A su entender, Diego tenía compañeros a quienes podía pasarles la pelota para cerrar la jugada. Si Shilton la hubiera atajado, toda la Argentina lo habría cuestionado por no haber optado por una alternativa más simple.
Tiempo después, frente a Don Diego, el padre de Maradona, Signorini vinculó aquella trampa con las injusticias que los dos habían vivido en Fiorito. Según recuerda, Diego lo escuchó, cerró la boca y no contestó.
En Nápoles, la fama de Diego llegó a una escala difícil de concebir. La rutina se volvió una cadena de multitudes, reclamos y circunstancias que escapaban a cualquier control. Signorini lo retrata con una frase contundente: “Vivir con Maradona en Napoli era como vivir en una pelopincho con un tiburón”.
Una mañana, después de una cena en un restaurante donde la gente los había desbordado, decidió hablar del tema mientras se dirigían al entrenamiento: “Yo con Diego voy hasta el fin del mundo y con Maradona no voy ni hasta la esquina”. El Diez sonrió y respondió con una frase tan sencilla como reveladora: “Tenés razón, pero si no fuera por Maradona, yo estaría en Fiorito”.
Para Signorini, allí estaba la contradicción que definiría buena parte de su vida: por un lado, el Diego íntimo, a quien quería y admiraba; por el otro, el Maradona público, convertido en un personaje que parecía tener existencia propia.
Signorini sostiene que, durante los últimos años que compartieron, la adicción fue transformando a Diego. “Dejó de ser él para hacer lo que la droga había hecho con él”, describe. En Nápoles, después de visitar una comunidad terapéutica, le llevó un libro dedicado por uno de los jóvenes internados. La frase escrita en sus páginas todavía permanece en su memoria: “No hay un lugar en el mundo tan seguro como para esconderse de uno mismo”.
Antes del Mundial de Estados Unidos 1994, el preparador físico lo entrenaba por la noche en un campo de La Pampa. Las sesiones eran muy intensas y también buscaban mantenerlo lejos de las drogas. A veces, el trabajo era tan exigente que el propio Diego le pedía que se detuvieran.
Durante el Mundial, Signorini estaba en la habitación contigua cuando le comunicaron a Maradona que el control antidopaje había dado positivo. “Le pegó a la pared porque escuchamos el ruido del otro lado”, recuerda.
A juicio de Signorini, aquel episodio fue el final de “una instrumentalización brutal que se hizo de él”. Afirma que la presencia de Diego se había aprovechado para impulsar la venta de entradas, los derechos de televisión y los patrocinios. Cuando ese propósito comercial se cumplió, considera que buscaron demostrarle quién tenía el poder.
En Sudáfrica 2010, Signorini observó el vínculo entre Maradona, entonces director técnico de la Selección Argentina, y Lionel Messi. “Era fantástica. Se admiraban”, asegura.
Entre las escenas que recuerda está la de después de un entrenamiento. Diego exhaló una bocanada de humo y, aún asombrado por lo que acababa de ver, dijo: “No se puede creer las cosas que hace este enano”.
Signorini atribuye esa fascinación a una razón particular: Diego nunca había tenido la posibilidad de verse jugar. Al contemplar el talento de Messi, de alguna manera podía observar desde afuera lo que él mismo había sido capaz de hacer en una cancha.
La última vez que Signorini vio a Diego fue en el velatorio de su padre. “El último abrazo que nos dimos”, recuerda.
Más adelante, cuando Maradona dirigía a Gimnasia y Esgrima La Plata, uno de sus asistentes llamó a Signorini para contarle que Diego quería hablar con él. El Profe puso una condición: “Decile que yo voy, pero para hablar con él y con nadie más”. La reunión nunca ocurrió. “Después no me volvieron a llamar”, cuenta.
Un amigo le avisó de la muerte de Maradona. Signorini prendió la televisión, confirmó la noticia y apagó el teléfono. Tampoco asistió al velatorio. Eligió conservar los recuerdos de los años compartidos y aferrarse a una forma de despedirse: “Cada vez que lo recuerdo lo primero que viene es una sonrisa”.
Cuando le preguntan qué representó Diego en su vida, responde con una palabra: “Duende”. Y desarrolla la idea: “Yo estaba casi condenado a una vida monótona, aburrida, gris. Y él la llenó de burbujas y de colores”.
Signorini siempre separó al Diego íntimo del personaje público. Al primero lo recuerda como un pibe cariñoso, que se aferraba a su mamá cuando ella lo abrazaba. Maradona, en cambio, “era directamente insoportable”.
Para el Profe, la convivencia de esas dos personalidades tan distintas dio forma a un genio casi inexplicable del fútbol, pero también tuvo un costo devastador para el hombre que vivía detrás de la leyenda.
Lo sintetiza en una frase que, 66 años después del nacimiento del Diez, mantiene toda su crudeza: “Maradona fue impiadoso con Diego, lo arrastró por todos lados, lo llenó de chichones y, en definitiva, yo creo que lo terminó matando”.




















