Los primeros fósiles aparecieron en 2016, en manos de trabajadores del Museo Municipal Argentino Urquiza, y fueron recuperados durante una campaña paleontológica a fines de 2019. La preparación del material se retrasó por la pandemia de Covid-19. La investigación, a cargo de 18 especialistas y liderada por Ariel Hernán Méndez, del Instituto Patagónico de Geología y Paleontología, dependiente del Conicet, se publicó ahora en la revista científica Palaeontologia Electronica.
El nombre Rinconraptor hace referencia a la localidad de Rincón de los Sauces. La denominación pipoae, en tanto, recuerda a Laura Pipo, becaria doctoral que participó activamente en la campaña de rescate de fósiles antes de morir, en 2020.
Rinconraptor pipoae formaba parte de los megaraptóridos, un linaje de dinosaurios terópodos depredadores de tamaño mediano y grande. Ariana Paulina-Carabajal, investigadora del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente, dependiente del Conicet y de la Universidad Nacional del Comahue, y coautora del estudio, señaló que las proporciones de sus vértebras y huesos de las patas indican que medía cerca de siete metros. Algunos fósiles atribuidos a megaraptóridos, sin embargo, podrían corresponder a ejemplares de más de ocho metros.
La nueva especie también tenía grandes garras curvas en las extremidades delanteras y un esqueleto liviano. La columna vertebral y las extremidades presentaban cavidades neumáticas y tejido interno con estructura de panal.
Méndez afirmó que el hallazgo cambia la perspectiva sobre los depredadores que vivían en la zona.
“Esta nueva especie aporta información clave sobre la interacción entre depredadores. Ahora sabemos que este fue el segundo grupo de dinosaurios carnívoros presente en el área, por lo que la competencia por el alimento pudo haber sido mayor de lo que se imaginaba hasta el momento”, señaló.
El descubrimiento confirma que dos grandes familias de superdepredadores coexistieron en los alrededores de Rincón de los Sauces. Además de los megaraptóridos, el otro grupo dominante era el de los abelisáuridos.
Entre los terópodos carnívoros identificados en la Formación Bajo de la Carpa están Viavenator exxoni, un abelisáurido encontrado en el yacimiento de La Invernada, y Llukalkan aliocranianus, otro abelisáurido de unos cinco metros de largo. Este último tenía un cráneo rugoso con protuberancias y un seno auditivo en el oído medio, que le habría permitido oír con mayor precisión, de manera comparable a los cocodrilos actuales. Los investigadores también reconocieron otros ejemplares que aún no recibieron un nombre formal.
Méndez señaló dos contribuciones centrales del descubrimiento de Rinconraptor. “Por un lado, resulta clave documentar la coexistencia de dos grupos de predadores tope en el mismo lugar y en el mismo momento. Eso nos ayuda a entender cómo estaban estructurados esos ecosistemas y cómo pudieron haberse relacionado sus componentes faunísticos. Por otro lado, está la cuestión vinculada a las relaciones de parentesco entre los megaraptóridos y los tiranosauroideos. En este trabajo, a partir de las vértebras caudales de Rinconraptor, pudimos sumar más evidencia sobre el estrecho vínculo entre ambos grupos de dinosaurios carnívoros”, explicó.
Al referirse a la dinámica ecológica del antiguo valle neuquino, el investigador concluyó: “Este aspecto resulta especialmente relevante porque aporta más información no solo sobre la diversidad animal que habitó el área hace millones de años, sino también sobre sus posibles estrategias de alimentación en un entorno donde compartían territorio con gigantescos saurópodos titanosaurios y ornitópodos de tamaño mediano”.
La presencia conjunta de megaraptóridos, como Rinconraptor, y abelisáuridos, como Viavenator y Llukalkan, apunta a una posible división del nicho ecológico. Los carnívoros habrían diferenciado sus presas o sus métodos de caza para limitar la competencia directa y compartir el mismo ecosistema.



















