Como muchos inmigrantes de su época, Ferrarini soñaba con un país industrializado. “Llegó en la ola inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX, siendo muy joven, casi niño”, señala la historiadora Catalina Cabana. “A menudo, a estos inmigrantes se les retrata como personas que llegaron sin nada y de la noche a la mañana se transformaron en grandes empresarios, pero su camino fue distinto; tuvieron que recorrer un largo trayecto”, advierte. Cabana recuerda que, en ese tiempo de intensa industrialización, los jóvenes inmigrantes solían comenzar su andadura laboral en fábricas como aprendices, formándose así en distintos oficios hasta convertirse en profesionales.
“Ferrarini comenzó trabajando entre gente de oficio, acumulando experiencia y creciendo gradualmente. El gran cambio ocurrió cuando logró un préstamo del Banco Nación para establecer la fábrica, que luego se convirtió en una próspera empresa familiar”, agrega la historiadora.
Sin lugar a dudas, la fábrica tuvo su época dorada. Roberto Albino trabajó allí durante 42 años. Entró en 1959, a los 15 años, y permaneció en la compañía hasta su cierre en 2001, según relata su hijo, Pablo Guerra. “Comenzó como operario y, años más tarde, se convirtió en encargado. Cuando abrieron una sucursal en San Luis, fue encargado de su apertura”, explica. “Recuerdo que salía de casa a las cuatro de la mañana y regresaba a las tres y media de la tarde. Siempre iba a trabajar con alegría; nunca lo vi enojado por su empleo”, recuerda Guerra.
Entre las anécdotas que comparte, cuenta que en los años noventa se filmó un episodio de la exitosa serie Mi cuñado en el que su padre aparece en su puesto de trabajo. “Nunca tuvo problemas; la fábrica ocupó un lugar central en su vida. Cuando cerró, él se sintió muy mal y se enfermó”, lamenta.
Ferrarini arribó al país en 1907, originario de Zelbio, Como, a los 21 años y con experiencia en la fabricación de tela metálica, según detalla el historiador José Oscar Frigerio. Probablemente inició su trayectoria laboral como aprendiz en algunos de los talleres metalúrgicos más relevantes de la época, como Varsena o Merlini. Ascendió rápidamente a capataz y, al acumular una deuda salarial, recibió un telar como compensación, lo que le permitió establecer su propio taller. A los 23 años, contrajo matrimonio con Teresa Morini y fueron padres de cuatro hijos: Rodolfo Salvador, Catalina Teodolinda, Gerardo José y Celia Camila.
En 1914, logró un crédito del Banco Nación que le permitió fundar su propia fábrica, a la que denominó “La Ítalo-Argentina”. Frigerio explica que, inicialmente, se dedicaba a la producción de camas y tejidos de alambre, pero posteriormente diversificó su oferta, fabricando una amplia gama de productos metálicos como mesas, sillas, atriles, maquinarias para hacer pastas, alambres galvanizados, arcos, sombrillas y estructuras varias de hierro forjado.
Su empresa creció tanto que llegó a contar con más de cien telares metálicos mecanizados y dos calderas automáticas para el recosido de alambre. En 1943, cambió su constitución a “Sociedad Anónima Industrial y Comercial José Ferrarini”, convirtiéndose en un referente dentro del sector metalúrgico, con alrededor de 800 empleados, entre operarios y administrativos.
Cabana subraya la importancia de contextualizar la historia de esta fábrica en su tiempo. “La década del 30 se conoce como la Década Infame y fue un periodo de gran industrialización, impulsada por la obra pública que requería productos metalúrgicos para la construcción”, sostiene. La planta Ferrarini estaba dedicada al hilado y entretejido del acero, un material de uso versátil que se utilizaba tanto en la construcción como en artículos cotidianos. “Existía una alta demanda y el negocio creció sin cesar”, agrega.
Cuando Ferrarini se trasladó a Boedo, el entorno era casi deshabitado. “Si observamos un mapa de Buenos Aires, la ciudad se expande en abanico hacia el oeste, y esa zona cercana a Pompeya era mayormente industrial y escasamente poblada. Alrededor de las fábricas se formó un ecosistema barrial”, enfatiza.
Un rasgo notable de Ferrarini es que adoptaba un liderazgo paternalista hacia sus empleados. Frigerio describe al empresario como una persona enérgica, pragmática y solidaria, ganándose el respeto de quienes trabajaban para él.
Ferrarini falleció en Buenos Aires el 13 de septiembre de 1975 y fue enterrado en el cementerio de La Chacarita. Cabana menciona que la fábrica comenzó a declinar poco después de su muerte, a finales de la década del 70. “A partir de 1955, y especialmente luego del golpe militar de Juan Carlos Onganía en 1966, la industria local comenzó a decayendo y se comenzaron a abrir las importaciones”, indica. Aunque su producción se redujo, la planta continuó funcionando durante unas décadas más.
Con el tiempo, el vasto edificio de tres pisos fue cayendo en desuso. Hace algunos años, se presentó un proyecto para su rehabilitación y conversión en un desarrollo inmobiliario, pero no tuvo éxito. En 2021, el lugar volvió a ser escenario de las últimas temporadas de El Marginal, donde se representó un penal.
“Lo más atractivo de su historia es el giro que dio mientras continuaba con la fábrica, ya que se aventuró en el sector hotelero y adquirió propiedades en Córdoba. Participó en el desarrollo de diferentes lugares vacacionales durante las décadas del 40 y 50”, aclara Cabana. Los conocidos proyectos de Ferrarini en las sierras cordobesas eran frecuentados por los empleados de la fábrica y sus familias.
El empresario y su esposa quedaron fascinados por el paisaje serrano que les recordaba su tierra natal. En 1934, comenzaron a comprar propiedades en el sector hotelero en el Valle de Punilla. En La Falda, adquirió el Hotel Ferrari a finales de los años 30, ampliándolo a 170 habitaciones e incorporando salones de juegos y piscina. Este establecimiento fue vendido en 1948 al Ministerio de Guerra para ser utilizado como obra social del Ejército; actualmente, se conoce como Residencia Serrana.
En 1939, emprendió uno de sus proyectos más significativos, El Castillo Hotel, ubicado en Valle Hermoso. Inicialmente adquirió un chalet de la familia Paulucci y confió su transformación en un castillo de estilo medieval ecléctico al arquitecto Fernando Rosas. Esta propiedad cuenta con 80 dormitorios y varios salones y piletas; actualmente, sigue operando y es parte del Grupo Edén.
Ferrarini brindó también a la comunidad una obra benefactora significativa: en 1936, donó el terreno y gran parte de las instalaciones del Hospital Regional de La Falda, hoy municipal. Asimismo, hizo donaciones para la construcción de múltiples escuelas y centros de salud en la región.
También contribuyó a la construcción de una iglesia en Valle Hermoso y apoyó la restauración de la capilla colonial de esta localidad. En 1964, donó un terreno para la construcción de la capilla de Villa Giardino y colaboró en su edificación. Además, fue responsable de la colocación de varios monumentos y bustos en la región.
Tras el fallecimiento de su esposa en 1941, Ferrarini construyó la Gruta de Santa Teresa de Valle Hermoso en su memoria tres años más tarde, ubicada en la ladera de un cerro, cerca del Hotel El Castillo.




















