Para Piaget, los niños no son meros receptores de información, sino participantes activos de su propio proceso de aprendizaje. Desde muy temprana edad, exploran, observan y experimentan con su entorno, lo que les permite construir sus propias ideas.
El especialista sostenía que aprender no se limita a recibir información, sino que implica un proceso de ensayo y error, donde se sacan conclusiones a partir de las propias vivencias. Cuando un adulto interviene constantemente y proporciona todas las respuestas, se corre el riesgo de restringir la capacidad de los niños para pensar, investigar y solucionar problemas.
Según Piaget, los errores son elementos esenciales de este proceso: mediante los desaciertos, los niños ajustan sus ideas, comprenden nuevas realidades y desarrollan habilidades fundamentales para el futuro.
Por este motivo, se sugiere que en lugar de ofrecer respuestas inmediatas, los adultos deben formular preguntas que fomenten la reflexión: “¿Qué pensás que puede pasar?”, “¿Cómo podrías hacerlo?”, “¿Qué otra forma podrías probar?”. De esta manera, los niños adquieren autonomía, confianza y herramientas para enfrentar desafíos.
Piaget desarrolló la teoría del desarrollo cognitivo, en la que estableció que los niños pasan por distintas etapas de pensamiento, cada una con características particularidades. Para él, aprender consiste en construir conocimientos a partir de la experiencia individual, haciendo que la exploración, el juego y la experimentación sean fundamentales en el periodo infantil.
Por lo tanto, la enseñanza no debería limitarse a la mera transmisión de respuestas, sino a fomentar oportunidades para que los niños se formulen preguntas y descubran sus propias respuestas. El papel del adulto es acompañar, guiar y estimular, pero sin sustituir el proceso de descubrimiento.




















