Esta semana, después de años de soñar, planificar y prepararse, ambos kayakistas se disponen a hacer realidad esa pregunta con una travesía de aproximadamente 1300 kilómetros. Partirán desde las aguas nacientes del deshielo, cerca de la cordillera de Neuquén y la frontera con Chile, navegando a través de ríos, lagos y embalses hasta llegar al océano Atlántico.
No han hallado pruebas de que alguien haya recorrido este trayecto exactamente de la misma manera: con dos kayaks, sin apoyo logístico y solo dos personas. Si bien existe un antecedente de Guillermo Jauregui, quien en los años 80 realizó un viaje similar desde Aluminé hasta el mar, su expedición contaba con 13 integrantes, varias embarcaciones, motor y el apoyo de la Prefectura. Esta incertidumbre sobre su recorrido es uno de los aspectos que más los motiva a embarcarse en esta aventura.
Sebastián Clemente, oriundo de Rosario y residente en Villa Pehuenia, Neuquén, trabaja desde hace más de 15 años como kayakista de seguridad en aguas blancas y guía de rafting. Por su parte, Alexis Valladares proviene de El Palomar, Gran Buenos Aires, y se mudó a Villa Pehuenia en 2013 con su familia, donde comenzaron un proyecto de cabañas.
Fue Sebastián quien introdujo a Alexis en el mundo del río, enseñándole primero a guiar una balsa de rafting y luego convenciendo a probar el kayak en aguas blancas. “Te tenés que subir a un kayak porque es como bajarte de un colectivo y subirse a una Ferrari”, le manifestó. A partir de allí, Alexis descubrió un universo totalmente nuevo.
Ambos coinciden en que en un kayak de aguas blancas todo parece más amplio: las olas, las rocas, las corrientes. A diferencia de la balsa, donde hay más espacio y viajan varias personas, el kayak es un medio íntimo que permite una cercanía directa con el agua. “Vas tocando el agua con las manos”, explican. Esta conexión tangible con el río fue parte fundamental para que el deporte se convirtiera en una pasión para ambos.
La idea de llegar al mar procedió inicialmente de Sebastián, que había comenzado a fantasear con este recorrido gracias a su amigo Víctor Tillería, quien lo llevó por primera vez al río. A lo largo de los años, el proyecto quedó relegado a charlas informales hasta que Sebastián lo compartió con Alexis.
Ambos habían comenzado realizar expediciones de aproximadamente cinco días y unos 100 kilómetros, pero cada vez que concluían, se quedaban con ganas de más, buscando prolongar ese sentimiento de aventura, aislamiento y vinculación con la naturaleza que experimentaban en sus travesías.
La ruta planificada comienza en un pequeño curso de agua montañés alimentado por el deshielo, cerca de Villa Pehuenia. Luego, navegarán por el lago Moquehue, cruzarán el lago Aluminé y recorrerán el río. En sus primeros 17 kilómetros se enfrentarán a una de las partes más intensas de la expedición, una zona donde ya se han llevado a cabo campeonatos de kayak y mundiales de rafting.
El recorrido continuará por el río Collón Cura y luego por el Limay. En su trayecto, tendrán que atravesar embalses y represas hidroeléctricas, lo que les obligará a desembarcar, cruzar por tierra y volver a entrar al agua. Posteriormente, seguirán por el Limay medio e inferior hasta la confluencia con el río Neuquén, que da paso al río Negro. Este último lo navegarán en su totalidad hasta llegar al océano, cerca de El Cóndor, Río Negro.
Estimaron que la travesía les tomará entre 30 y 40 días, aunque no hay una fecha precisa de llegada. Su cálculo incluye jornadas de entre 30 y 35 kilómetros, con días de descanso y otros donde las condiciones les permitan avanzar más.
La esperada salida está programada para el 25 de septiembre, aunque un posible temporal en la cordillera podría postergar su partida. En los primeros tramos se enfrentarán a temperaturas bajo cero por la noche, nevadas y vientos intensos. Posteriormente, se presentarán otros retos: remar entre seis y ocho horas diarias, alimentarse con comida deshidratada, gestionar el cansancio y mantener la mente clara durante semanas. “Conocemos los primeros 300 kilómetros. Lo que sigue es un misterio”, admiten.
También deberán resolver un problema básico pero crucial: dónde almacenar sus pertenencias. Los kayaks de aguas blancas no están diseñados para expediciones prolongadas, y el espacio es reducido, por lo que tendrán que contener la comida, equipo de campamento, ropa térmica, utensilios de cocina y material de seguridad. Además, llevarán un teléfono satelital, cámaras, drones, kit de primeros auxilios, poleas y mosquetones para rescates posibles.
Ambos llevarán cámaras y drones para documentar su travesía, y Alexis se encargará del registro audiovisual mientras que Sebastián escribirá un diario. Desean que su experiencia quede grabada y, de ser posible, convertirla en un documental.
Sin embargo, la preparación no les garantiza evitar la incertidumbre. Hay aspectos del viaje que no pueden prever, como se sentirán tras semanas de frío, fatiga y viento. Por ello, uno de sus mayores desafíos será mantener una actitud positiva. “Cuando estemos en la etapa más dura, lidiando con lluvia, viento y frío, mantener el buen ánimo será un reto”, afirman.
Para Sebastián, el río trasciende el aspecto deportivo. “Conocer el río me salvó la vida”, confiesa. No encuentra palabras para expresar lo que siente al navegar. Asegura que esta actividad le aporta bienestar físico y espiritual, y no concibe su vida sin ella.
Alexis comparte este sentimiento. Para él, el kayak es una vía para canalizar sus emociones. “Hay gente que se expresa cantando, tocando un instrumento o creando manualidades. Esto, para mí, es la mejor manera de expresarme”, sostiene.
Por eso, más que enfocarse en la meta final, los amigos se concentran en lo que vivan cada día. Alexis anhela desconectarse por semanas de lo exterior y reconectarse con la naturaleza; en cambio, Sebastián siente una particular atracción por lo desconocido, deseando avanzar “al ritmo del paisaje” y descubrir qué se presenta después de cada descenso.
Asimismo, esperan emocionados avistar la fauna patagónica. Son aficionados a los animales y sueñan con encontrar toda la diversidad de vida que se presente en el camino. Además, Sebastián desea que la expedición establezca un precedente para quienes les sucedan, demostrando que aún existen rutas nuevas y maneras distintas de viajero y conectar con la naturaleza.
Al reflexionar sobre el futuro y los incontables rincones del país aún por explorar, el apuro no parece ser parte de su vocabulario. “Primero hay que hacerlo”, repiten. La difusión de su proyecto en redes sociales ha generado mensajes de personas que desean acompañar su aventura, incluso ofreciéndoles comida en ciertos tramos. Uno de ellos les propuso esperarles con sándwiches de milanesa y agua.
Después de tantos años de diáfanas ideas sobre este viaje, la travesía está finalmente por empezar. Dos amigos, dos pequeños kayaks y 1300 kilómetros por delante. “La estrella siempre es el río”, concluyen, y ahora es tiempo de remar.



















