Este tema fue abordado por Mirian Barraco, máster en Fertilidad de Suelos y responsable de la EEA INTA General Villegas, durante el reciente Simposio sobre Nutrición de Cultivos en Ambientes Subhúmedos y Semiáridos, organizado por Fertilizar en Santa Rosa, La Pampa. También participó Gabriel Espósito, quien explicó cómo la interacción entre la fertilidad física, química y biológica es determinante para el éxito de cultivos como el maíz.
En el contexto argentino, la soja se fertiliza menos que el maíz y el trigo por varias razones. “Por un lado, las raíces de la oleaginosa tienen la capacidad de explorar a mayor profundidad que las del maíz, alcanzando hasta dos metros en suelos sueltos. Esto le permite absorber más nutrientes que las raíces fibrosas del maíz”, explicó Barraco. También indicó que el requerimiento de fósforo para un rendimiento óptimo en soja es menor al de maíz y trigo.
A pesar de ello, destacó que “es fundamental considerar la nutrición azufrada de la soja para lograr una calidad aceptable en los granos, principalmente en lo que respecta al porcentaje de proteínas”, dado que el azufre es crucial para la síntesis de estos compuestos.
Los requerimientos de nitrógeno pueden ser parcialmente cubiertos por la fijación biológica del rizobio, que en ocasiones puede aportar hasta el 50% de lo demandado por el cultivo; el resto debe ser absorbido del suelo, ya sea de forma instantánea o mediante el uso de fertilizantes nitrogenados como la urea.
Para que la inoculación cumpla realmente con el 50% del requerimiento de nitrógeno de la soja, es vital asegurar que todas las semillas sean apropiadamente tratadas con rizobio. Diversos estudios han demostrado que existe una relación directa entre el nivel de nodulación generado por esta bacteria y los rendimientos, que pueden incrementarse entre 200 y 300 kilos por hectárea en comparación con lotes no inoculados.
En cuanto al fósforo, Barraco señaló que el umbral inicial para comenzar la fertilización es de 10 partes por millón en el suelo, con valores que oscilan entre 9,4 y 10,6 ppm. “La reposición anual de fósforo es crucial, ya que omitir la fertilización en una campaña puede resultar en una pérdida de una parte por millón”, advirtió.
Sobre la dosis de fertilizante, es importante tener en cuenta la toxicidad del fósforo en la línea de siembra, especialmente en suelos arenosos, donde puede inducir fitotoxicidad con mayor facilidad. Para mitigar los efectos negativos del fertilizante sobre las semillas, se puede optar por mayores distanciamientos entre plantas o aplicar dosis bajas al inicio y luego completar con una segunda aplicación a medida que avanza el desarrollo del cultivo. Otra estrategia es usar dosis altas de fósforo en cultivos previos a la soja, como el trigo o los verdeos.
En lo relativo al momento de la aplicación, si no se generan problemas de toxicidad, la respuesta del cultivo es equivalente si se aplica en presiembra, en la siembra o mediante dos aplicaciones fraccionadas durante el ciclo del cultivo.
Para tierras con niveles muy bajos de fósforo, se sugiere implementar un plan de fertilización a mediano plazo, iniciando con una dosis que asegure un desarrollo normal del cultivo para luego incrementar según el consumo anual.
El azufre es otro nutriente clave en la soja debido a su asociación con el contenido proteico del grano. Diversos ensayos han demostrado que aplicar entre 15 a 20 kilos de azufre por hectárea en trigo pudo generar una respuesta favorable en cultivos de soja subsecuentes. “Generalmente, las respuestas económicas a la aplicación de azufre se observan en lotes con más de 30 años de cultivo continuo y con niveles medianos o bajos de materia orgánica. Un umbral de referencia para decidir la aplicación es de 10 partes por millón de azufre en el suelo”, recomendó Barraco. El sulfato de calcio es el fertilizante azufrado más utilizado actualmente.
Barraco también sugirió adoptar un enfoque de fertilización equilibrada. Un estudio reciente mostró que la parcela testigo tuvo un rendimiento inferior al de la parcela fertilizada con fósforo, que a su vez fue superada por aquélla que recibió tanto fósforo como azufre. La que logró el mayor rendimiento fue la que recibió fósforo, azufre y boro. A partir de estos hallazgos, Barraco recomendó realizar análisis de suelos que incluyan tanto macronutrientes como micronutrientes y actuar sobre deficiencias detectadas a las dosis sugeridas.
Finalmente, Barraco subrayó la importancia de monitorear los niveles de calcio en el suelo, señalando que se encontraron déficits de este mineral en los tambos de Trenque Lauquen, donde se realiza silaje de maíz y pasturas anualmente. “Esta práctica ha llevado a caídas en el pH y los niveles de calcio en el suelo, lo que ha exigido aplicaciones foliares con resultados positivos”, concluyó.
Gabriel Espósito, profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto y experto en nutrición de cultivos, analizó el tema de la fertilización en maíz, introduciendo el concepto de “triángulo de la fertilidad”. Señaló que un suelo fértil se caracteriza por un equilibrio entre la fertilidad física (suelo, agua), química (nutrición adecuada) y biológica (fauna edáfica). “La falta de fósforo, por ejemplo, impacta en la densidad de raíces, afectando la capacidad del cultivo para explorar el perfil del suelo y absorber agua y nutrientes”, advirtió.
El especialista también detalló un método para calcular la fertilización fosforada necesaria para el maíz, diferenciando entre la dosis de “reposición”, que se determina según el rendimiento objetivo por el fósforo que se exporta con la cosecha, y la dosis de “recuperación”, que incluye un extra para elevar progresivamente los niveles del suelo en función del fósforo disponible.
Además, Espósito presentó los requisitos totales de nitrógeno por planta de maíz, diferenciadas según el cultivo anterior. Los rangos varían dependiendo si se ha cultivado vicia, soja, gramíneas o trigo.
A partir de esta evaluación, Espósito propuso un modelo matemático que ajusta la densidad de plantas por hectárea y la cantidad de fertilizante a aplicar, alineándolo con las expectativas hídricas de la campaña. “El modelo facilita la optimización de la inversión en insumos y maximiza el rendimiento por planta sin comprometer la estabilidad del cultivo en los diversos ambientes de la región”, destacó. También se enfocó en nutrientes que suelen ser menos considerados en las estrategias tradicionales de fertilización, como calcio, magnesio y boro, destacando que “la disponibilidad de estos elementos está relacionada con las propiedades físico-químicas de cada tipo de suelo”.
Señaló que la deficiencia de estos nutrientes puede limitar el crecimiento radicular y la absorción de agua, y enfatizó que “una correcta relación de bases en el suelo es esencial para preservar la estabilidad estructural y prevenir la compactación”. Por ello, concluyó que un diagnóstico de suelos debe incluir la reposición de estos minerales para que los cultivos puedan alcanzar su máximo potencial genético.



















