Gestos cotidianos como toser, reír, estornudar o saltar se han transformado en una fuente de incomodidad para diversas mujeres debido a la pérdida involuntaria de orina, un problema de salud femenina muy común, pero poco consultado. “La incontinencia urinaria por esfuerzo se presenta como la fuga involuntaria de orina durante actividades diarias, como hacer ejercicio, o por incidentes simples como toser o estornudar. Es frecuente en mujeres de mediana edad y puede impactar significativamente en su calidad de vida”, comentó el urólogo Martín Lerner (M.N. 99.513). Un informe al que se tuvo acceso indicó que el término describe perfectamente la situación: cualquier esfuerzo físico que genere un aumento en la presión abdominal también afecta a la vejiga, y si los músculos encargados de su contención no están en óptimas condiciones, se produce el escape. “La incontinencia de esfuerzo ocurre cuando el esfínter uretral, los músculos del suelo pélvico o ambos se debilitan, impidiendo una retención confiable de orina”, explica Lerner, quien también destacó dos mecanismos posibles. El parto vaginal es un factor que incide notablemente: estira y puede lesionar los músculos y nervios del suelo pélvico. A medida que aumenta el tamaño del bebé, la duración del trabajo de parto, y la cantidad de partos, también lo hace el riesgo asociado. Investigadores de la Universidad Federal de São Carlos en Brasil hallaron un factor de riesgo sorprendente: la grasa visceral, aquella que se acumula entre los órganos en el abdomen profundo, incrementó el riesgo de incontinencia de esfuerzo en un 51%. No fue la grasa corporal total ni la que se encuentra más cerca del suelo pélvico. Fue específicamente esta grasa profunda la que mostró la asociación más fuerte, de acuerdo con un estudio publicado en el European Journal of Obstetrics & Gynecology and Reproductive Biology. ¿Por qué ocurre esto? Por dos razones: el hallazgo más notable es que el problema se presenta incluso en mujeres de peso normal, lo que indica que no es necesaria la obesidad para que la distribución de la grasa sea un inconveniente. La primera línea de tratamiento recomendada es la fisioterapia del suelo pélvico, que permite mejorar la situación en aproximadamente tres meses. Es esencial contar con la guía profesional, dado que cerca del 30% de las mujeres no logran activar correctamente esos músculos por sí solas, e incluso algunas pueden realizar el movimiento contrario, lo que podría agravar el problema. Si este enfoque no resulta suficiente, existe una opción mínimamente invasiva que cuenta con respaldo clínico de décadas. Lerner la describió: “Se lleva a cabo de forma ambulatoria, con sedación y monitoreo, sin incisiones ni internación. Se aplica a través de la uretra un elastómero de polidimetilsiloxano, una sustancia biocompatible que mejora el cierre uretral y reduce o elimina la pérdida involuntaria de orina”. “Este tratamiento tiene más de 30 años de experiencia y es aprobado por organismos como la FDA y ANMAT”, destacó el especialista, quien añadió que se utiliza en distintos países con buenos resultados en pacientes adecuadamente seleccionados. La decisión sobre la indicación depende de una evaluación médica individual, considerando el tipo de incontinencia, los antecedentes clínicos y estudios complementarios. Aunque no es una solución universal, se trata de una opción concreta para quienes cumplen con ciertos criterios. Perder orina no forma parte de la normalidad; es una señal que merece atención, y hoy en día el espectro de soluciones es más amplio que nunca.
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