En la primavera y el verano de ese mismo año, aproximadamente 116.000 personas fueron evacuadas de las áreas cercanas a la central, y en los años posteriores, otras 220.000 debieron ser reasentadas desde zonas afectadas por la contaminación.
El desastre resultó en la desolación de ciudades, campos y carreteras, dejándolos casi desiertos de presencia humana. No obstante, a lo largo de las décadas, se produjo una transformación asombrosa: la vegetación comenzó a colonizar las tierras abandonadas y una diversidad de animales volvió a ocupar el territorio.
La evacuación condujo a que extensas áreas anteriormente cultivadas no fueran mantenidas, lo que propició un proceso de reforestación natural con mínima intervención humana.
Con el tiempo, antiguos campos se cubrieron de arbustos y árboles, mientras la naturaleza avanzaba sobre construcciones y pueblos en abandono.
A través de un estudio realizado con imágenes satelitales de Landsat, se analizó la evolución de la Zona de Exclusión entre 1986 y 2020, revelando un cambio notable.
En 1986, alrededor del 41% de la superficie evaluada estaba cubierta por bosques; para 2020, esta cifra se elevó a aproximadamente 59%, lo que significa que la superficie forestal aumentó en aproximadamente 1,5 veces desde el desastre.
La transformación no se limitó solo a la vegetación. Con el tiempo, se documentaron en la Zona de Exclusión poblaciones de lobos, alces, ciervos y jabalíes, entre otros mamíferos grandes.
Un estudio publicado en Current Biology encontró que las poblaciones de alces, ciervos y jabalíes eran comparables a las observadas en cuatro reservas naturales no contaminadas de la región, mientras que la cantidad de lobos superó en más de siete veces a la registrada en esos espacios más limpios.
Esto llevó a una conclusión sorprendente: incluso en un territorio afectado por radiación, la notable reducción de la actividad humana permitió a diversas especies establecerse en el área.
Una de las imágenes más emblemáticas de esta transformación se puede observar en Prípiat, ciudad construida esencialmente para los trabajadores de la central nuclear y sus familias. Con los años, la vegetación ha comenzado a crecer entre edificios, escuelas, casas y calles que antes formaban parte de una ciudad completamente habitada.
Sin embargo, la presencia de bosques y poblaciones abundantes de ciertos animales no implica que el accidente haya tenido un efecto positivo en el ecosistema. La radiación sigue afectando de manera negativa, ya que en los primeros momentos tras el accidente se documentaron severas consecuencias sobre la vida silvestre, incluyendo la muerte masiva de plantas cerca del reactor y efectos adversos sobre pequeños mamíferos e invertebrados.
Por ello, los efectos ecológicos de la exposición crónica a la radiación continúan siendo objeto de estudio por parte de científicos.
Lo sorprendente de la situación en Chernóbil radica en el fenómeno que se produce cuando, tras una catástrofe, la actividad humana prácticamente desaparece de miles de kilómetros cuadrados durante décadas.




















