Al concluir el partido, los Springboks saludaban al público dando una vuelta olímpica, mientras que a pocos metros, un par de individuos comenzaron a insultarlos sin motivo, únicamente por ser los adversarios de nuestro equipo, los Pumas. Sin pensar, respondí con 11 años que se callaran. “¿Qué?”, replicaron con incredulidad, sin comprender que un niño en shorts y camiseta los retara. Al insistir, preguntaron: “¿Por qué?”, y les respondí sin dudar: “porque son unos desubicados”. Así, se quedaron callados y descendieron por las escaleras de madera. Mi padre y un amigo observaron con aprecio y él me comentó: “Estuviste bien”.
En aquel entonces, no tenía las reservas que limitan las respuestas auténticas. Quizás esa fue la razón por la que confronté a esos hombres. O tal vez nunca me interesó el fanatismo ciego que opaca la verdadera esencia del juego, que trasciende los colores.
La historia del rugby sudafricano me tocó de cerca. En mi hogar, había un verdadero museo del rugby que iba desde los años ’70 en adelante: giras del SIC, del seleccionado argentino, trofeos y un Olimpia de Plata 1984, otorgado a Ricardo de Vedia como el mejor jugador de rugby de esa temporada. Un cuadro en particular llamaba mi atención, el que mostraba a todos los integrantes del equipo de Hispanoamérica XV, que en 1984 viajó a Sudáfrica para enfrentarse a los Springboks. Eran los rostros de jugadores con sus nombres y posiciones, una selección que representaba a los Pumas de forma encubierta debido a la suspensión de los Springboks de participar en cualquier partido internacional.
Pocos años antes, en 1976, los All Blacks desafiaron esa prohibición al ir a Sudáfrica, provocando una controversia tan intensa que 29 naciones decidieron boicotear los Juegos Olímpicos de Montreal debido a la participación de Nueva Zelanda. Desde entonces, ningún equipo se atrevió a representar a su país en Sudáfrica hasta 1980, cuando se formó el equipo de Sudamérica XV, que contaba mayoritariamente con jugadores argentinos, junto con algunos de Uruguay y Paraguay. Esta gira se repitió en 1982 y, en 1984, se incluyó a un jugador de España, lo que llevó a cambiar su nombre a Hispanoamérica XV.
He escuchado con frecuencia que el deporte y la política deben mantenerse separados, así como críticas hacia quienes se involucran en la política dentro del rugby. Con el tiempo, me he percatado de la importancia de quienes participan en la política del rugby. En cada club, existen personas dedicadas a mejorar las condiciones, desde negociar con patrocinadores hasta recaudar fondos para la infraestructura y el bienestar de los jugadores. Todo ello, se logra a través de la política, no por medio de pedidos mágicos al universo.
El rugby, que depende en gran medida de voluntarios que dedican su tiempo sin buscar beneficios económicos, se define por su organización y gestión política. Sin embargo, el término ‘política’ genera temor. Es comprensible, ya que estamos rodeados de un circo mediático que disfraza el entretenimiento de política, con la polarización y las miserias del poder a la vista de todos.
En un ambiente polarizado, el rugby también ha sido objeto de estereotipos que padecen torpeza e ingenuidad. El deporte se ha visto arrastrado a la grieta, un estereotipo que resulta tan verídico como risible.
Enrique de Vedia, mi abuelo, fue Secretario de desarrollo humano durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en la recién recuperada democracia. Recuerdo un video del día de la asunción presidencial en el que, durante una entrevista, decía que “son tiempos de gloria porque recuperamos la libertad y la posibilidad de convivencia civilizada, un día de memoria para recordar los años difíciles vividos, y un día de desafío para construir entre todos una democracia solidaria”.
Cuando le comunicaron a mi padre que formaría parte de la gira a Sudáfrica en 1984, mi abuelo tuvo dos reacciones: lo felicitó, pero también expresó que consideraba inapropiado participar porque equivalía a validar el régimen sudafricano y sus políticas de apartheid. A pesar de esto, mi padre no tuvo en cuenta su opinión y tomó parte de la gira, que terminó en un cuadro que adorna el living de mi hogar. Esa es la memoria de mi familia. La historia del rugby en esos años es otra, y más compleja.
Los años difíciles de los que hablaba mi abuelo transcurrían en un contexto donde más de 168 desaparecidos estaban involucrados en el rugby, producto del terrorismo de estado de la dictadura. Más del 70% de los deportistas desaparecidos en ese período pertenecieron a nuestro deporte. Allí existió un silencio significativo. Y la falta de habla, como se menciona en el cine, puede utilizarse en tu contra. No es necesario que una postura se manifieste abiertamente para que sea política. El simple acto de decidir qué se dice y qué no también es político, aun sin urnas.
La política y el rugby en Sudáfrica han estado históricamente interrelacionados. Antes de abrirse al mundo, el deporte representaba el poder de la minoría blanca, sosteniendo el régimen del Apartheid. Nelson Mandela entendió que una forma de unir a la nación era a través del rugby y los Springboks, utilizando la frase “Un equipo, una nación”. La propuesta de Mandela no era ingenua, sino el resultado de un profundo pensamiento que le atrajo muchas críticas. Fue una estrategia orientada hacia un objetivo más elevado, que buscó acercar posiciones y reconoció la memoria como parte esencial en la construcción histórica, dándole al rugby un rol inclusivo.
En Argentina, el entorno del rugby es mucho más que el estereotipo. Quienes realmente conocen el ambiente de los clubes comprenden que tanto el club como el deporte cumplen funciones sociales cruciales. Actúan como instituciones que promueven la inclusión y el espacio, funcionando también como redes de contención y ofreciendo oportunidades laborales y vinculares. Visitar los clubes revela una vida vibrante y activa.
Es probable que el mundo del rugby haya tenido tropiezos y haya silenciado asuntos que no supo abordar adecuadamente. Sin embargo, esa política en los clubes argentinos se traduce en inclusión y participación comunitaria. Quien visite clubes como Brown de San Vicente, en Santa Fe, podrá atestiguar su papel central en la vida del pueblo. O quien se acerque a Chenque en Rada Tilly, donde el Yeti Di Mateo organiza a los jóvenes para construir una cancha. Cualquier mañana, un encuentro de rugby en Buenos Aires se convierte en un despliegue de entrenadores dando su tiempo por el disfrute de otros. Asimismo, en el salón de un club, dirigentes se dedican a pensar en la gestión de fondos para mejorar los vestuarios. En esos espacios, el rugby desempeña una labor silenciosa; un silencio que no encubre nada. Ahí se materializa la política.




















