La noticia causó un gran revuelo en los medios locales, resultado de una profunda ruptura interna entre Maldini y el nuevo presidente de la FIGC, Giovanni Malagò. Esta situación dejó al equipo nacional sin una dirección clara, inmerso en un caos institucional sin precedentes.
Desde el primer día, el plan de Maldini comenzó a desmoronarse. Su primera gran iniciativa fue intentar convencer a Pep Guardiola para que se hiciera cargo del equipo, pero el entrenador catalán declinó la oferta, alegando que deseaba tomarse un tiempo alejado de las canchas para estar con su familia. También recibió una negativa de Carlo Ancelotti, actual director técnico de la Selección de Brasil.
En vista de la dificultad para atraer a un director técnico consagrado, Maldini entonces intentó un movimiento inesperado al buscar a Andrea Pirlo. Sin embargo, el exfutbolista se convirtió en el centro de una controversia debido a su vinculación con una casa de apuestas rusa, lo que suscitó duras críticas tanto en el ámbito político como mediático, llevando a la Federación a descartar su contratación.
La negativa a incorporar a Pirlo provocó un cisma irrecuperable entre Maldini y la dirigencia, llevándolo a decidir renunciar al cargo, lo que echó por tierra su proyecto de reestructuración.
Con la salida del histórico jugador del Milan, el panorama para el “banquillo maldito” de Italia se volvió incierto. Mientras que Maldini apoyaba nombres como Thiago Motta, Raffaele Palladino o Stefano Pioli, ahora la dirigencia parece considerar el regreso de figuras como Roberto Mancini o Antonio Conte.
Como si esto no fuera suficiente, se rumorea que Giorgio Chiellini podría asumir el cargo vacante de director deportivo, con el fin de reiniciar el proceso desde cero. Lo que prometía ser una transformación para restaurar el prestigio de la selección, cuatro veces campeona del mundo, se ha convertido en un nuevo y vergonzoso episodio de luchas de poder.




















