No obstante, el exceso de esta estrategia puede resultar contraproducente. La acumulación de acontecimientos puede dejar huellas que, a menos que se implementen mejoras estructurales, acaban enfatizando las formas y transformándolas en problemas sustanciales. Esta situación está impactando al Gobierno, aunado a los retos reales y a los resultados del plan económico, que contribuye a una Argentina cada vez más desigual y heterogénea, con perspectivas de que esta brecha se amplíe aún más.
El reciente suceso en la Cámara de Diputados durante la presentación del informe de gestión del jefe de gabinete, Manuel Adorni, es un ejemplo significativo que merece ser revisado nuevamente, ya que se suma a las múltiples autolesiones que el gobierno ha sufrido y que podrían tener consecuencias duraderas.
En esta ocasión, el Presidente no solo defendió públicamente a un funcionario que está bajo sospecha, sin haber resuelto las dudas que han concentrado la atención pública durante más de un mes respecto a sus gastos ostentosos y el aumento de su patrimonio desde el inicio de su gestión. Milei hizo más que eso.
A solo dos meses de haber prometido incorporar la moral como un pilar del Estado en ese mismo recinto, la semana pasada, formalizó la política de barrabrava como una estrategia de gestión gubernamental.
Su presencia en el Congreso, acompañada de un grupo de ministros, y los insultos dirigidos a los opositores y a los periodistas que han intentado interpelarlo, lo asemejaron a las escenas típicas de los líderes de las hinchadas en el fútbol. En ciertos momentos, el Presidente mostró un comportamiento desmedido, similar al de los jefes de las barras bravas que, respaldados por sus seguidores, llegan a la cancha dispuestos a hostigar a sus rivales y alentar a su equipo, incluso en las equivocaciones.
Las afirmaciones de Adorni sobre la separación de poderes y el respeto por las investigaciones judiciales se vieron desdibujadas y contradichas por la realidad de esa situación. La presencia dominante y amenazante del Presidente, rodeado de sus simpatizantes en las bancas y en las barras del Congreso, y sus ataques a los diputados de la oposición, constituyen una anomalía, incluso en un contexto de sobreabundancia de incorrección política, que resalta el carácter irascible del Presidente y su creciente aislamiento.



















