En el amplio abanico de productos que ofrece la vitivinicultura podemos encontrar de todo: desde un vino sencillo, pero que se vuelve compañía diaria de la mesa de muchos argentinos, hasta sofisticados ejemplares que por su unicidad se convierte en algo único hecho por las bodegas. Aunque en la definición podemos decir que ambos extremos son lo mismo, en definitiva vino, en los últimos podemos encontrar algunos rasgos especiales que logran ser el reflejo de la identidad de lo mejor que pueden elaborar, un ícono.
Esta categoría, la de los vinos íconos está reservada para aquellos ejemplares que logran la excelencia en el proceso de elaboración, desde el viñedo, pasando por la bodega y hasta su salida al mercado. Suelen ser producciones súper limitadas que provienen de un viñedo especial o hasta solo de una parcela que cuenta con determinadas características, lo que da una cantidad de botellas que generalmente no superan las 5.000. Incluso pueden no salir todos los años, ya que si los enólogos consideran que una añada no cumple con estos altos estándares no se elabora.
En el caso de Argentina, el vino de mayor valor en el mercado de este tipo pertenece a la bodega lujanina Viña Cobos, que vende la añada 2020 de Cobos Malbec o de Volturno a $450.000 la botella (tomando una cotización del dólar blue a $1.230 equivale a más de US$ 365). Pero en el mundo podemos encontrar ejemplos mucho más costosos.
El título del vino más caro del mundo lo ostenta la bodega Domaine de la Romanée-Conti, que una botella de la añada 1945 se vendió en 2018 por US$ 558.000 en una subasta en Nueva York. Otro ejemplo es el de Chateau Lafite-Rothschild que vendió una botella de 1869 por US$ 330.000 en el año 2010.
Cómo nace un vino ícono
Los caminos que tienen una bodega y su enólogo para llegar a un vino ícono pueden ser muchos y diferentes de una empresa a otra. En el caso de Bodegas Salentein, su ícono es el Gran VU (Gran Valle de Uco) y, como lo recuerda su enólogo, José “Pepe” Galante, fue una alineación de factores y tuvo su primera añada en el año 2011.
Por un lado, desde lo enológico, ya tenía identificadas en los viñedos algunas parcelas de Malbec que daban “algo especial”. “Después terminamos comprobando con estudios de suelo que había allí una configuración diferente. Ese hallazgo fue fruto de probar uvas, elaborar los vinos, hacer microvinificaciones y todo ese trabajo”, recordó Galante. A eso le sumó el Cabernet Sauvignon. “Por su origen europeo, me posicioné en esa cepa. Y ahí tenemos un clon que es el número 169, que para mí, primero, es de los más antiguos plantados en Mendoza, y segundo, es el más representativo de lo que entrega el varietal en la zona”, sumó.
Por el otro, desde el área de marketing lograron convencer a Mindjert Pon (fundador de la bodega, quien falleció en 2014) de ponerle su firma a una etiqueta. “Nunca había aparecido su nombre, era una persona muy perfil bajo. Lo convencieron y decidieron que sea para el ícono de la bodega”, dijo el enólogo.
Con la decisión comercial y con las cepas elegidas, Galante y su equipo comenzaron a trabajar en los diferentes porcentajes que llevaría el corte. “En aquel momento los mejores resultados los obtuvimos en torno al 70% de Malbec y 30% de Cabernet. En algunos años, ¿qué puede ocurrir? Que aumente el porcentaje de Cabernet cuando tenemos esas cosechas gloriosas donde el Cabernet Sauvignon sobresale. Entonces subimos al 30, 32, 34, 40%. Pero nunca llegamos al 50%”, describió el experimentado hacedor de vino.
Con más de una década de producción, el Gran VU no ha salido todos los años al mercado, es que, como lo mencionamos, la excelencia es una condición sine qua non para los íconos.
Cómo compiten los vinos íconos argentinos en el mundo
Aunque el reconocimiento de Argentina como un gran productor de vinos está en alza, salir a competir a las góndolas del mundo, sobre todo en un segmento tan exclusivo, no es tarea sencilla. Así lo entiende Gerald Gabillet, CEO de Cheval des Andes. “No es fácil, porque somos una etiqueta de nuevo mundo”, confesó.
En su caso, tomando el estilo francés de una de las grandes compañías que se fusionaron para su origen, la francesa Cheval Blanc (la otra es Terrazas de los Andes), en su caso producen un único vino, el cuál se comprende en esta definición de íconos. “Trabajamos en decir que Argentina no es un producto de 50 años, que tiene historia en la vitivinicultura. Eso lo defendemos muchísimo”, sostuvo.
Este vino que producen tiene un precio promedio de US$ 100 y el objetivo de Gabillet es continuar con un trabajo de hormiga para llegar a las mejores plazas del mundo. “Vamos paso a paso para posicionar a Cheval des Andes en buenos lugares, las grandes vinotecas, grandes restaurantes, y que la gente pueda entender lo que tiene entre las manos”, aseguró.
“Para decir que tenés un vino ícono, primero tenés que tener un buen producto, porque sino es puro ruido, hay que ser coherente con el producto. La gente cuando lo prueba se da cuenta y si no haces las cosas bien vas a hacer un ‘one shot’, porque la gente no va a seguir tu marca. Es un trabajo de largo plazo, pero no es necesario hacer un show. La gente necesita confiar en vos cuando empieza a pagar este precio”, argumentó el enólogo.
Cómo se define el precio de un vino ícono
El precio que pueden llegar a tener los vinos íconos no es una decisión azarosa o caprichosa de las bodegas, sino que en muchos casos está justificada en lo que cuesta llegar a la producción de esa limitada cantidad de botellas. En el caso de Terrazas de los Andes Extremo Malbec, el ícono lanzado hace algunos meses por la bodega de Luján de Cuyo, este vino cuesta $172.500 y como lo dice Lucas Löwi, director general de Terrazas de los Andes, es el resultado del “Ascension Journey” que iniciaron hace tres décadas.
Justamente este vino fue noticia hace algunas semanas porque un lote de más de 80 botellas de Terrazas de los Andes Extremo Malbec 2021 fue vendido por US$ 500.000 en la Naples Winter Wine Festival 2025, un exclusivo evento que reúne a entusiastas del vino, filántropos y coleccionistas en una subasta de prestigio mundial. La mendocina fue la única bodega argentina que participó del encuentro.
Con un recorrido que comenzó en Luján de Cuyo, en el distrito de Las Compuertas, con un Malbec plantado en 1929, la búsqueda de más altura los llevó, entre otros lugares, a Gualtallary, donde desde hace 10 años adquirieron el viñedo El Espinillo a 1.650 msnm, el lugar de donde nace Extremo.
Se trata de un viñedo en el que desde 2019 se implementa un cultivo regenerativo y con condiciones extremas que lo convierten en el más costoso de mantener para la finca. Por caso, allí cuentan con un sistema de mitigación de heladas único en la provincia y amigable con el medio ambiente, el cual funciona como un ventilador que le permite proteger hasta seis hectáreas y requirió una inversión de 100.000 euros y mantenerlo es hasta un 40% más caro que los métodos más convencionales en Argentina.
“La altura en la que estamos es sinónimo de asumir riesgos. Sabemos los fenómenos climáticos a los que estamos expuestos, principalmente, la helada, por eso apostamos por este sistema. Sabemos que los rendimientos son bajos, pero cada racimo que logra la madurez vale la pena”, comentó Löwi.
A eso se le suman otras complicaciones, como la dificultad de conseguir personal para la finca que se encuentra bastante alejada de las zonas pobladas. “Lo que me mueve y lo que hizo volver a Mendoza es poder hacer un vino único, distinto de cualquier otro, y Extremo Malbec cumple con esa premisa, es distinto. Algunos lo amarán, a otros no les gustará tanto, pero nadie discutirá que es diferente”, cerró el enólogo.




















